GRACIAS. Y AHORA, QUE NADIE SE OLVIDE.

Han sido días difíciles. Días de incertidumbre, de mirar constantemente al horizonte, de seguir cada información con preocupación, de no separarse del teléfono y de pensar qué haríamos si el fuego llegaba hasta nosotros.

Hoy, con el incendio estabilizado, solo puedo empezar con una palabra: gracias.

Gracias, en primer lugar, a los vecinos de Urriés. Habéis demostrado una enorme responsabilidad. Habéis permanecido atentos a cada aviso, habéis mantenido la calma y habéis entendido que la mejor forma de afrontar una emergencia es actuar juntos y con serenidad. Eso también salva pueblos.

Gracias también a los vecinos y al Ayuntamiento de Petilla de Aragón. Nos tocó compartir con vosotros unos momentos especialmente duros y lo hicisteis con una dignidad admirable. Llegasteis a Urriés con una mezcla de preocupación, gratitud y optimismo que nos emocionó profundamente. Ojalá nunca tengáis que volver a vivir algo así.

Gracias a nuestros agricultores. Porque, una vez más, cuando el monte arde no preguntan de quién es el problema; se suben al tractor, ponen sus máquinas a disposición de todos y ayudan. Siempre están. Siempre.

Gracias a los bomberos voluntarios, a todos los voluntarios que habéis dedicado vuestro tiempo, vuestro esfuerzo y vuestra tranquilidad para proteger la de los demás.

Gracias a los Bomberos de la Diputación, a los agentes forestales, Guardia Civil, Protección Civil, personal sanitario, técnicos, retenes, pilotos y a todas las personas que, desde funciones muy distintas, han trabajado sin descanso para frenar este incendio. Sabemos que detrás de cada decisión y de cada intervención hay muchas horas sin dormir y una enorme responsabilidad.

Quiero hacer un agradecimiento muy especial a Marta Pallás.

Desde el primer momento ha estado al otro lado del teléfono. Informándonos de primera mano, respondiendo una tras otra a las llamadas, a los mensajes, a las dudas y también a muchas preguntas nacidas de la preocupación o de rumores que era necesario desmontar cuanto antes. Siempre con paciencia, con cercanía y con una disponibilidad que difícilmente podremos agradecer lo suficiente.

Gracias, Marta. Gracias por estar ahí cuando más falta hacía.

Y permitidme terminar los agradecimientos mirando hacia dentro.

Quiero hacerlo de una manera muy personal.

Durante estos días he tenido tres personas que, prácticamente sin separarnos, hemos vivido esta situación desde el Ayuntamiento.

Hemos compartido nervios, incertidumbre y muchas horas pendientes del teléfono. Hemos preparado protocolos de evacuación, revisado hidrantes, mangueras y depósitos de agua, recorrido el pueblo una y otra vez, hablado con vecinos, atendido llamadas, preparado planes por si el peor escenario llegaba y tratado de transmitir serenidad cuando, como cualquier otra persona, también sentíamos preocupación.

Y si algo me llevo de estos días es la enorme tranquilidad que da saber que, cuando llegan los momentos difíciles, estás rodeado de personas comprometidas, generosas y capaces de dar siempre un paso al frente sin preguntar a quién le toca.

No podría sentirme más orgulloso del equipo que tenemos en Urriés.

Gracias de corazón.

Pero precisamente porque hemos vivido todo esto tan de cerca, no podemos permitirnos el lujo de olvidar.

Porque este incendio se estabilizará. Llegarán las lluvias. Pasarán las semanas. Los titulares desaparecerán. Y entonces llegará el verdadero peligro: que volvamos a hacer como si nada hubiera pasado.

Y volverá a pasar. No es una posibilidad. Es una realidad.

Llevamos años reclamando la limpieza de barrancos que hoy son auténticos polvorines. Llevamos años solicitando una gestión real de nuestros montes. Llevamos años defendiendo que la ganadería extensiva es una de las mejores herramientas para mantener limpio el territorio. Llevamos años encontrando obstáculos, informes, prohibiciones, trámites interminables y puertas cerradas para quienes quieren cuidar el medio rural. De algunas instituciones ni respuesta recibimos

Y mientras tanto, el monte sigue acumulando combustible.

Hay algo que también me ha dolido profundamente estos días.

He leído comentarios e incluso algún artículo periodístico que parecían empeñados en encontrar un culpable antes incluso de apagar el incendio. En señalar al agricultor o al trabajador que, mientras hacía su trabajo, pudo originar accidentalmente una chispa.

Eso es profundamente injusto.

Nadie sale al campo con la intención de provocar un incendio. Quien trabaja la tierra lo hace para ganarse la vida, para sacar adelante una explotación y, además, para mantener vivo un territorio que otros solo recuerdan cuando aparece en las noticias.

Cuando un incendio se origina durante un trabajo agrícola, estamos hablando, si así lo determinan las investigaciones, de un accidente. Un accidente terrible, sí. Pero un accidente.

Quien está al volante de una máquina probablemente será el primero en cargar durante toda su vida con el peso emocional de lo ocurrido. Será uno de los primeros afectados, verá amenazada su forma de vida y, con toda seguridad, será también de los primeros en intentar apagar el fuego.

Convertirlo inmediatamente en un señalado, en un irresponsable o en un enemigo del territorio no solo es injusto; es profundamente ruín.

No señalemos a quien sufre un accidente mientras trabaja. Señalemos, de una vez por todas, todo aquello que llevamos décadas sin hacer para que una simple chispa no pueda convertirse en una tragedia.

Porque mientras algunos buscan un rostro al que culpar, siguen sin mirar hacia el verdadero problema.

Si nuestros barrancos estuvieran limpios. Si los montes recibieran la gestión que llevan años reclamando quienes viven en ellos. Si la ganadería extensiva encontrara facilidades en lugar de obstáculos. Si la prevención recibiera la misma atención que reciben los incendios cuando ya ocupan las portadas, muchas de estas chispas quedarían en una simple anécdota.

Una chispa no debería ser capaz de convertirse en un incendio de miles de hectáreas.

Cuando eso ocurre, el problema ya no es únicamente la chispa.

El problema es que durante demasiado tiempo hemos permitido que el territorio acumule un combustible que convierte cualquier accidente en una tragedia.

Es profundamente injusto que los pueblos tengamos que preocuparnos de si el fuego llegará a nuestras casas cuando deberíamos estar hablando de cómo evitar que el monte arda con esa violencia.

La prevención no puede consistir únicamente en tener más medios para apagar incendios.

La verdadera prevención empieza mucho antes, lo hemos dicho demasiadas veces y demasiados años. Empieza limpiando los montes, gestionando los barrancos, facilitando el trabajo de agricultores y ganaderos, entendiendo que quienes vivimos aquí somos parte de la solución y no un problema administrativo al que poner trabas.

No necesitamos más discursos cuando el fuego ya está declarado.

Necesitamos decisiones valientes cuando todavía no hay humo.

Vamos a seguir insistiendo. Vamos a seguir reclamando lo que creemos justo. Vamos a seguir defendiendo un medio rural vivo, cuidado y gestionado, porque proteger nuestros pueblos empieza mucho antes de que aparezca el primer helicóptero.

Y espero que quienes durante estos días han prometido que esto servirá para aprender, dentro de un mes sigan pensando exactamente lo mismo.

Porque si dentro de tres semanas todo vuelve a ser igual; si continúan las mismas trabas, los mismos retrasos y la misma burocracia para quienes cuidan el territorio, entonces no habremos aprendido absolutamente nada.

Hoy respiramos aliviados.

Pero el mejor homenaje que podemos hacer a quienes han trabajado sin descanso estos días no es darles las gracias, que también. Es asegurarnos de que la próxima vez el monte esté mejor preparado que esta.

Ese es el verdadero reto.

Y esa es una responsabilidad que nos corresponde a todos. Pero, sobre todo, a quienes tienen la capacidad de decidir cómo se gestiona el territorio durante los once meses del año en los que no hay incendios.

Gracias a todos los que habéis hecho posible que hoy podamos mirar al horizonte con alivio. No queremos ser héroes apagando incendios. Queremos ser inteligentes evitando que se produzcan.

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